Plaza de mercado Paloquemao

Foto: Panoramio Google Maps

Por Antonio Morales Riveira*

Todos lo hemos hecho, víctimas de esa atracción que produce el miedo a la pérdida. Jugar a ser ciegos y por unos instantes colarse en el mundo de las sombras para desplegar en abanico de 360 grados los demás sentidos.

Entré a la plaza de mercado de Paloquemao e hice el gesto apabullante de cerrar los párpados e ir a tientas, como otras veces lo había hecho en distintos escenarios. Pero nunca los sentidos habían recibido tal avalancha de sensaciones, tales percepciones y estímulos. El olfato recibía andanadas de aromas, mezclas absurdas de guayaba con cebolla, de tierra y hierbas medicinales. Los oídos medían decibeles, incapaces de sumar el múltiple fragor. La piel sentía todos los vahos y hasta las brisas que dejan las gentes al pasar. Y las papilas gustativas se alborotaban tratando de desear lo impensable: ¡comerme todo!

El juego me duró un minuto desde la entrada de la calle 19 hasta recorrer unos diez metros. Pero no aguanté más. Ver para creer. Abrí los ojos y un estallido de fuegos artificiales en pleno día me llenó la retina. Había desembocado en la plazoleta de las frutas y verduras, allí donde en un paradójico reguero ordenado se acumula todo el trópico. ¿Se puede uno permitir contar el color? Imaginen ustedes todo el arco iris hecho piel, cáscara y pulpa, desparramado en decenas de puestos, hecho patilla o aguacate, tomate o maracuyá. El rosado del arco iris en las mejillas de las marchantes cundi boyacenses, el naranja de las mandarinas arrayanas que casi se mueven de puro maduras, el verde de los serios plátanos, el violeta de las berenjenas en las cuales uno se refleja en un espejo de humus, el rojo rumbero de los tomates ansiosos de ser salsa o ensalada…

Y todo allí en Paloquemao, plaza entraña, gigantesco complejo de todas las mercancías entre las calles 19 y 22 por la carrera 27, con sus 900 puestos que exhiben todo lo que existe en este país que es una feria en movimiento, un circo de mil pistas como este complejo de mujeres, hombres y galerías, todo allí, desde las cornamentas de las reses sacrificadas y fileteadas hasta el último botón de la camisa. No exagero. Todo lo que existe se consigue y a buenos precios que llegan hasta la mitad de un supermercado o una tienda: a 1.400 el kilo de lulo, a 500 la libra de curaba, a 2.000 la libra de chatas, a 1.200 el caldo mañanero con su costilla (la de la vaca, porque si invita a la suya le sale en 2.400).

Las gentes que allí trabajan hacen grata la compra. Porque están como en su casa. Allí se han conocido, se han casado, han progresado bajo el signo del trabajo. Los miles de vendedores, distribuidores, cargueros, cocineros, son un alma viva que trasiega los laberintos de estos miles de metros cuadrados, que cantan y gritan sus ofertas, que le regalan una chirimoya o un bocadillo y le sirven un tamal monumento de origen indígena como ellos, construidos con el material genético del mestizaje y el sincretismo. Puro pueblo bogotano, los mismos de hace tres siglos con su cariño, su lenguaje de diminutivos y la voluptuosidad de esa diversidad nuestra que no solo es de frutos y productos, sino de gestos, de espontánea dexteridad para manejar los quesos, los pollos, el pescado traído de donde crece la palma, de eficiencia en el desgranar de lentejas o en el picar de habichuelas para la sopa del día.

Camelladores que se levantan a las dos de la mañana, se van a Corabastos a mercar y se instalan hasta el anochecer en ese reino criollo, en cuyas calles interiores las princesas huelen a fresco cilantro y sus hombres a papa R12.

Solo cierran un par de días al año, el primero de enero y el 25 de diciembre y están organizados en cooperativa desde 1972 cuando se unieron todos los vendedores de varias plazas del centro para ser propietarios de este vendaval de cosas. Como don Camilo Casallas, quien empezó allí con un atado de espinacas y que agradece no solo su progreso, sino el aprovechar que Paloquemao también es una gran nevera al aire libre bogotano, donde se conserva hasta la tradición.

Todo transita. El hombre con el cerdo en canal en la espalda, las viandas, la alegría mestiza, el jardín de frutas, el horrendo cuarto de las tripas de res, el pato vivo, la lechona humeante, las pomadas para la ciática, el canto del gallo desorientado, el pasado precolombino, la guasca, el chontaduro, la mochila, la gran tilapia que llenará la posterior bandeja, transita la historia de esta ciudad, se mueve la calle de los bocadillos y el arequipe, el salón donde actúan las papas su comedia de tierra, Nigeria, un emigrante africano que es capaz de echarse a la espalda todas las arrobas de su dolor, el conejo escapado, el vallenato venteado, el regateo, el menudeo, el maíz, desde luego el maíz gran icono de nuestras ingestas, se mezcla el olor del mar con el del río como si allí todo desembocara en un movimiento de remolinos, en una gran digestión del alma nacional.

Vaya a mercar, a pasear, vaya de investigación etnográfica, vaya de chévere a esta fuente de vida, alimento y conocimiento. Como vaya será bien recibido, le dará hambre de pueblo y será saciado.

* Antropólogo, periodista e investigador.

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