Plaza de mercado de Las Cruces

“¿Y HOY QUE ME VA A LLEVAR?”

Plaza de mercado Las Cruces
Foto: Fabricio Galindo

Por Antonio Morales Riveira*

No, no es una plaza de mercado. Es una catedral venida a menos con sus cuatro enormes entradas enrejadas, sus dos naves –una central, otra lateral- sus ventanales que debieron haber tenido vitrales, su altar mayor de costal de fique y papa de año, sus vírgenes necias, sus santones.

Y aun si está en el barrio de Las Cruces, no tiene trazas cristianas sino paganos emblemas, como sus dos pavos reales de yeso que aletean en las entradas este y oeste, coronando sendos medallones de legumbres y frutas fijados en mampostería, a modo de cornucopias y a falta de ángeles u otros íconos, instalados allí desde 1898 como para decir de apocalíptico modo “a tragar que el mundo se va a acabar”.

Pero no por eso deja de ser una catedral. O tal vez por ello mismo. ¡La catedral del Señor de las Papayas! Quien sabe que tenía en mente quien la diseñara… Pero lo cierto es que La Plaza de las Cruces fue y es tan opulenta obra arquitectónica que seguro su arquitecto lleno de gula, le rindió culto a los dioses de la fertilidad, la tierra y sus frutos. Por eso la magnifica galería (para variar en forma de cruz) aun conserva sus delicados detalles de artesonados, el fuerte trabajo del hierro forjado en sus exteriores, sus estructuras de complicado metal. Su tono blancuzco de pagano templo dedicado al pueblo y sus comeres, que hoy sufre del encanto de lo descascarado, de lo desportillado, como unos dientes viejos que mordieron demasiado, de tanto comer y gozar.

Registrada en el Plan de Ordenamiento de Bogotá, supuestamente protegida por ser monumento arquitectónico nacional, La Plaza de Mercado de las Cruces en la calle Primera F Nº 4-50, afronta el deterioro. ¿Qué hace el Distrito, su propietario, por ella? ¿Qué la Corporación La Candelaria?

Hay que verla a ella, allí digna ante la desidia, alimentada por las necesidades de la gente, la que vende y la que compra, digna y viva. Si toca recurrir a las definiciones, esta plaza es un símbolo de democracia, del pueblo y para el pueblo y también para el que quiera venir a pasar un rato de nostalgias y ternuras. Es un viejo hábito secular y bogotano, tan viejo y bueno como el tinto con canela, como el cariño que te dan los museos vivos, decadentes y descalabrados. Puro y físico espacio público, sin pedantes restricciones, donde los celadores son unos bacanes, donde las vivanderas reinventan a diario la retahíla de sus ofertas y la picaresca de sus alusiones sexuales. “caballero lleve el hartón para la sartén de la señora”, “señorita coja su papaya y sáquele jugo”…O que lanzan el “¿y hoy que me va a llevar?” como si los productos fueran algo de si, ese si mismo profundo vestido de pañolones y delantales.

Allí, en medio de la pobreza, hasta los vegetales son pobres, a veces hasta pequeños en esta opulencia de nuestro trópico y como en las casas pobres, hay de todo, pero poquito. Desde la bodega bien nutrida hasta el mísero puesto del señor de ruana y bastón donde solo hay algunos bananitos. Pero todo bonito, cariñoso, con una limpieza no solo física sino del alma. Pescados solo de río porque quien quiere saber del mar en las faldas de la vereda de Monserrate. Y claro, cubios, chuguas e hibias para los sancochos prehispánicos que se cuecen en ese barrio y en esa plaza abierta a los boquerones del páramo, a las montañas orientales, como si fuera la plaza de un pueblo encaramado en una loma en una loca transición del campo a la ciudad que más bien parece una confluencia del hoy con el pasado, una perfecta sobre imposición cultural.

Pasa la vida en la galería, en los tenderetes instalados como cambuches que resisten las goteras en esa plaza de ese barrio habitado desde 1726, cuna del prócer popular (desde luego) José María Carbonell. Los viejos celadores miran escépticos a los perros y las perras en celo que tiran acompasadamente. Suena una indescifrable emisora matutina, ella también surgida del pasado: necesariamente debe ser radio recuerdos. Pasan las flores y la magia, los shamanes muiscas, pasan las dos mellicitas rosadas de abrigo y piel rosada, de la mano de la abuela. No hay tránsito ni barullos, todo esta tranquilamente depositado, todo está fresco en esta calma bucólica en medio de Bogotá.

Me voy con la imagen de la hebilla de flores prendida a las cabelleras de Blanca Oliva Guerra y su hermana Maria Lilia, campesinas diría uno, pero de Bogotá. Hace 50 años que están allí, herederas del puesto de su madre. Maravillas nativas con sentido del humor desgranando maíz…en una catedral.

 

* Antropólogo, periodista e investigador.

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