Plaza de ensueño

Foto: María Alejandra Ortiz
Foto: María Alejandra Ortiz

Por: María Alejandra Ortiz maria.alejandra642@gmail.com

Frutas, verduras, plantas y artesanías son algunos de los productos que se encuentran en La Concordia, única plaza que además de abastecer la canasta familiar de los vecinos, cuenta con una sala y una escuela de teatro: el Teatro de sueños.

La Concordia fue construida en 1933 por el arquitecto Carlos Martínez Jiménez como una plaza comunitaria alterna a la Plaza de Bolívar, por lo que es la segunda más antigua de la ciudad después de Las Cruces (1928). Desde un comienzo ofreció a los bogotanos frutas y verduras traídas de la Sabana, y hoy en día su variedad de productos se ha ampliado a carnes, lácteos, especias deshidratadas, flores y plantas, comida típica, postres, productos de hogar y artesanías. Su fachada se caracteriza por coloridos murales que cambian con el tiempo. Ahora hay uno donde resalta la Virgen del Carmen en un fondo azul fosforescente, contra el amarillo de la fachada.

La Concordia está abierta desde las 6:00 de la mañana, hora en la que ya hay clientes para desayunar el tradicional ‘calenta’o’ en La Chocolatería, en una de las esquinas de la plaza, profusamente decorada con dulces y golosinas. Entre la variedad de menús, lo más apetecido son las galletas, cuenta su dependienta, Estefanía Escobar. Quienes prefieren una comida más ligera, al otro lado de la plaza encuentran una frutería con ensaladas, jugos y porciones de fruta.

Uno de los atractivos de La Concordia es el Teatro de Sueños, alternativa para la recreación de los vecinos. El teatro tiene una capacidad para 120 personas y ofrece clases de teatro y eventos culturales como el Festival Cultural “La vida y la muerte. Panta Rei, Panta Rei”, que se celebró por primera vez en octubre de 2011.

Aunque esta sede cultural le añade atractivo a la plaza, también se presta para que personas extrañas entren a robar, aprovechando que hay dos entradas, cuenta Gilberto Montaña, quien junto con su esposa Gloria Peña, montó su granero hace 45 años en una esquina del mercado. Desde esa luna de miel entre líchigos han pasado 45 años. Y ahí siguen. Frescos.

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